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En plena jornada de reflexión…

Recibo un e-mail de una amiga en el que me dice “Tras estas semanas de paranoia colectiva, me ha gustado este artículo que aporta algo de cordura y ponderación. El otro día decían en la radio que los políticos están reventando la realidad a base de hacerla a su medida y estoy totalmente de acuerdo”. Aquí tenéis un artículo que me ha gustado y que me adjuntaba ella, publicado en La Vanguardia.

 

La ceja de Zapatero o la niña de Rajoy

Lluís Foix | 06/03/2008 – 20:40 horas

 

La alternancia es una prueba de la vitalidad de una democracia. Dicho de otra manera, no se trata solamente de recoger votos para formar gobierno sino también para echarlo. La pregunta que se va a hacer el domingo la sociedad española en su conjunto es si Zapatero merece una segunda oportunidad o si la alternativa de Rajoy es lo suficientemente sólida para tomar el relevo.

La democracia no consiste en llenar estadios, pronunciar mítines y distribuir propaganda partidista. Es más bien un compromiso con las ideas, con los ideales y con la moralidad de las acciones públicas.

Las campañas exageran los mensajes, levantan la voz, se practica el cuerpo a cuerpo y se pretende convencer en dos semanas lo que no se ha demostrado en cuatro años. Los políticos no admiten muchas críticas, comenta Édouard Balladur en su libro “Maquiavelo en Democracia”. Lo verdadero, continua, no es sino lo que más conviene.

El poder causa vértigo, enturbia la mirada, porque llegar a la cima es una gesta insólita. Quien está en lo alto cava un pozo desde el cual el complejo de superioridad brota generosamente hasta llegar a pensar que todo está permitido.

Es el día de las urnas cuando los ciudadanos pasan cuentas con el gobierno y con la oposición. Dicen la suya, a solas, sin intermediarios, periodistas o debates televisados. La democracia es gobernar persuadiendo y el acto de votar es sólo una parte de un lienzo mucho más amplio y rico. Ganar es convencer, total o parcialmente, sabiendo que la actividad política no es sólo la decisión de la mayoría sino cómo se administra el poder para proteger también a las minorías.

En las democracias liberales son frecuentes los gobiernos con uno o varios partidos aliados. En cualquier caso, es raro que un gobierno represente a una mayoría efectiva de los votos y menos aún del electorado.

Por mencionar un ejemplo, ningún partido en Gran Bretaña ha conseguido por sí solo más del 50 por ciento de los votos desde 1931. Ni tampoco ningún gobierno, desde la coalición nacional de los años de la guerra, que haya representado una clara mayoría.

Un presidente de un país democrático requiere algo más que representar los valores y los intereses comunes de minorías mayoritarias. Debe apreciar la complejidad de las diferencias, asegurar los derechos de las minorías, aceptar que el poder no es suyo sino que es prestado por el contrato adquirido en las urnas.

La política democrática, escribe Rafael Jorba en su libro “Catalanisme o Nacionalisme”, no representa ni la negación del conflicto ni la superación de la condición humana. Es una situación imperfecta que se mueve a medio camino entre el pesimismo de Hobbes y el optimismo de Rousseau. Entre la paz perpetua kantiana y la fuerza hobbesiana. Entre Venus y Marte.

El político se ve forzado a menudo a conciliar la inmoralidad de los métodos y la virtud de los objetivos, entre el mal y el bien, entre el egoísmo y el idealismo. Pero el fin no justifica los medios. Ni siquiera en política.

Un político o un gobierno tienen que salvaguardar los derechos fundamentales de todos. Pero, a la vez, han de ser capaces de respetar la diversidad, especialmente al tratar a aquellos ciudadanos que no comparten las metas comunes de las mayorías minoritarias.

En estos días de recta final de campaña, parece que España sea cosa de dos, de socialistas o populares, de dos verdades, de la niña de Rajoy o de los intelectuales marcando ceja de Zapatero. Y no es así. No puede ser así.

Este dualismo no es una divinidad contra la que no cabe apelación posible. La realidad es mucho más rica, compleja y variada. Hay sentimientos, intereses contrapuestos, aspiraciones encontradas, valoraciones morales distintas, formas de ver la realidad según las propias convicciones. La verdad no es producida por la política sino por la actuación de personas concretas que se unen para un empeño común.

Mientras pergeño estas elucubraciones, varios miles de estudiantes se han enfrentado hoy con la policía en Barcelona, los autobuses llevan dos días en huelga, los trenes de cercanías funcionan como hace treinta años, la educación no merece la atención necesaria, la sanidad está desbordada, la inflación está muy alta y la crisis económica acecha.

Rajoy reunió ayer en l”Hospitalet a miles de simpatizantes con banderas azules y pancartas partidarias. Esta noche serán miles los militantes socialistas que llenarán el Palau Sant Jordi para escuchar a Zapatero.

Pero los que votarán el domingo son muchos más que los que han asistido a los mítines finales. Son los que van a confirmar a Zapatero o los que le retirarán su confianza. Todos somos lo suficientemente maduros para saber qué es lo que más conviene a cada uno y al país en su conjunto.

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